Muchos pensaban que había fallecido, pero, como veis,
tras la muerte de Chéjov, la gaviota se encuentra
perfectamente, reposando en lo alto de este armatoste,
en el sur de Gran Canaria.
Y es que los clásicos siguen estando vivos.

"En busca del tiempo
perdido" es como el Guadiana: aparece y desaparece (de este
blog), sólo que con periodicidad mensual. Su última aparición
tiene lugar bajo la forma de "A la sombra de las muchachas en
flor", obra que, si careciese del marchamo de clásico,
probablemente causaría controversia actualmente por representar el
amor que realmente no se atreve a decir su nombre: El
amor-atracción-tabú hacia las adolescentes (el narrador, desde su
presente adulto escribe: "acaba uno por no gustar sino de las
muchachitas muy jóvenes, en cuyos cuerpos aún está laborando la
carne como preciosa pasta" y "Esa plasticidad presta suma
variedad y encanto a las amables atenciones que con nosotros tiene
una muchacha"). Cierto es que su autor también muestra, aunque
no con muy buenos ojos (típico disimulo de quien no quiere verse
reconocido como tal), el amor entre personas del mismo sexo.
(Recordemos que Proust llegó a batirse en duelo por haber sido
tildado de homosexual).
Consejo para aquellos a los que no les gusta que les revelen lo esencial de la trama de las películas: Dense de baja de internet. Bueno, en este caso bastará con que dejen de leer. A partir de aquí, comienza la reseña de "Stoker".
Conocía lejanamente la obra del escritor australiano Peter Carey. Vamos, había visto la adaptación cinematográfica de "Oscar y Lucinda". Por eso, cuando me regalaron su última novela, "La naturaleza de las lágrimas", no sabía qué esperar. Para que eso no ocurra a mis lectores, que se cuentan por millones, con un ligero margen de error, les adelanto de qué va: Catherine Gehrig, la protagonista, es restauradora en el (ficticio) Museo Swinburne de Londres. Acaba de morir su compañero de trabajo Matthew Tindall, del que era amante desde hacía 13 años, o sea, toda una vida. Y eso es precisamente lo que siente que se ha ido con él: la vida que se habían construido juntos, en la que no había lugar para amigos, para familiares,... Tan solo, para ellos dos. ¿Cómo afrontar esa situación? Por sí misma, parece no poder. Por eso es su jefe quien le encarga un trabajo, la restauración de un autómata colosal, con la intención de que renazcan en ella las ganas de vivir mediante una nueva pasión. A partir de ahí, conoceremos otra historia igualmente apasionante, la del hombre que encargó dicho autómata con forma de cisne (él quería un pato) para salvar la vida de su hijo. Una historia que se remonta a casi 2 siglos atrás.